Mañana de domingo

Amanece una mañana.
Poco a poco, el sol sale, y aquellos lugares lúgubres, sombríos, oscuros; pasan a tener luz y vida propia, como si de una magia extraña se tratase.

Me despierto, y nada más mirar por mi ventana, aparece la fantasmal imagen de un pueblo casi estático, aletargado, como si se encontrase congelado en el tiempo y el espacio permaneciendo inalterable en su gran mayoría. Un pueblo no precisamente estático, no precisamente inalterable, sino dinámico y activo, aunque un domingo por la mañana solo tenga la animación de unas campanas que repican para aquellos que aún creen, unas palomas que campan a sus anchas por calles y plazas, pájaros que despliegan sus más intensos y hermosos cánticos desde las fachadas y la gran multitud de árboles que pueblan la zona, y al pasar el mediodía niños que corretean por las calles aledañas a la plaza mayor.
Todo parece normal, porque de hecho lo es, pero a mí se me antoja un momento sublime y cercano a un nirvana sensorial que solo puede equipararse a la paz y el confort de hacer lo que te apasiona.
Se acercan las once de la mañana, y con tanta tranquilidad se me ocurre una idea espléndida, que no es otra que disfrutar de las tranquilas calles de una ciudad en domingo, cuando saludas a la gente porque no vas con prisas, cuando te encuentras a personas que hacía tiempo que no te cruzabas, cuando de forma inconsciente suele aparecer una sonrisa en tu cara, y un gesto tranquilo y sereno toma forma en todo tu cuerpo.
Me apetece sentarme en la conocida como calle larga, en un banco forjado y al lado de unos setos colgantes en los cuales hay un hermoso mirlo cantando. Hay tan poco movimiento que, en un ademán de saciar su apetito, comienzan a acercarse varias palomas de forma cautelosa, por supuesto con la esperanza de poder alcanzar algún bocado de lo que buenamente pueda caérseme comiendo o lo que buenamente les lance. Al percatarse de que no tengo nada de comida, continúan su camino hacia la plaza mayor, donde ancianos y niños sacian su sed de alimento y juego.
Me quedo atocinado en aquel banco, medio atolondrado y semiinconsciente debido a que parecía estar quedándome dormido, cuando de repente una racha fría me eriza, haciéndoseme caprichosa semejanza a un puercoespín mi propio pellejo, a lo que reacciono sin lugar a dudas, levantándome de aquel banco en ademán de entrar en calor, y por supuesto, evitar mi embobamiento generalizado, a pesar de la paz que sentía.
Calle arriba me encuentro con algunos amigos, a los que saludo y suelto algún chiste gracioso de los que me salen sin pensar y sacan una sonrisilla tonta a todo bicho viviente, y al llegar a la oficina de correos, una plaga maligna de estornudos se apodera de mí, como queriendo despertar a los que andaban adormilados a esas horas por allí cerca. Tal es su intensidad, que casi me caigo de lado al perder el equilibrio por su asquerosa y desagradable perseverancia, la que un alérgico conoce a buena vera, de tener la sensación de que un ejército de hormigas se desplaza por sus fosas nasales camino al final de su pituitaria.
En algo iba pensando, pero como mi mente es tan especial, no es raro que me olvidase en el mismo instante de que cualquier nimiedad se cruzase en mi rumbo, y claro, un ataque de estornudos es la excusa perfecta de salir de mi ligero trance y mis castillos en el aire.
Estaba en modo vago, amodorrado por el frío invernal atípico en esta zona, pero que adoro y disfruto como un chiquillo jugando a las estampas, y como resultado, apresuré mi paso hacia otro banco de la peatonal avenida.
A mi lado, el casino del pueblo, donde antiguamente se desarrollaba la cultura y el ocio del lugar, y donde actualmente los mayores y no tan mayores del lugar, pasan el domingo leyendo la prensa o alegando sobre cualquier tema que venga en ocasión.
Una estampa de paz en una mañana cualquiera, en una ciudad cualquiera, donde la paz dominical parece prever el ajetreo que al día siguiente se apoderará de la población.

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